Una noche cualquiera, una luz ineludible

Detenerse puede ser una decisión inconsciente, irreflexiva, invisible dentro del paquete de intenciones que nos mueve. Sin darte cuenta, pasas de ser ese combustible que alimenta el andar a la dirección que quieres, a ser el ancla de tus propios deseos. Y no es para menos, pienso, el equilibrio depende de todo, hasta de lo más insignificante. Entonces caes en la cuenta de que habían razones de sobra para detenerse, sin querer, sin saber, sin pensarlo ni sentirlo. Sin calcularlo, sólo te detienes. Porque reencontrarte con ese equilibrio cuesta mucho más cuando no te enteras de que lo perdiste hace tiempo, o no aceptas que el impacto se extendió lo suficiente como para atarte, pero no para desintegrar tu esencia, sino para transformarte y volver a conocerte. Y un día, de pronto, vuelves a moverte en esa dirección a la que siempre quisiste, y la memoria se reactiva en todos tus procesos. Es increíble ver entonces como los mismos motivos que te alejan, terminan siendo los que te acercan, porque en esa paradoja es que se encuentran las puertas que te conectan con todas las instancias del tiempo; puertas que te llevan nuevamente al inicio, sin viajes, sin alejarte del presente o condicionar tu futuro.  Puertas a través de las que puedes llevar contigo aquel equipaje de emociones para reconectarlas y, esencialmente, renacer. O debo decir revivir, una noche cualquiera bajo la ineludible luz de la luna llena.   

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