Cuestión de instantes. El problema no está en que te llamen o no. El problema está en que, mientras eso es conmutable con un capricho de las eventualidades, el hecho de encontrarte, posiblemente, en un estado dependiente, te tienta inexorablemente a creer que tienes el poder de alterar el rumbo de ciertas cosas.
Entonces, aquella engañosa libertad de coexistir con tal poder para tomar una decisión en cualquier momento e intentar en apariencia revertir la situación, seguramente te distraerá y alejará de un camino determinante para conseguir un objetivo mucho más sostenible y perdurable en el tiempo. Una verdadera y ansiada libertad, la tranquilidad de estar bien contigo mismo y, por sobre todas las cosas, la fantástica sensación de que cada día que pasa es una batalla ganada, pies que se asientan sobre un mundo propio, imperfecto (pero tuyo), sonrisas que van despertando de su letargo y el disfrute de nuevos amaneceres que seguramente se harán más constantes. ¿Un consejo?, tú al menos no llames.