Vida en el horizonte de aquel lugar sin descripción

Ese día, desperté con pensamientos que aún se encontraban conectados a ciertos episodios oníricos; sus labios buscando manantiales, agitados, aferrados a la exploración, como aliviándose. 

La noche anterior, la de uno de esos miércoles o jueves que solíamos compartir en aquel lugar sin descripción, experimentaba un gran impulso por llegar a casa y empezar a escribir algo al respecto. Reflexionaba sobre cuáles serían mis pretextos o mis motivaciones para hacerlo (si fuera el caso), y terminé abriendo las puertas hacia un paisaje árido con brillos de vida a lo lejos. Y es que, dentro de ese placer de conocerla, permanecía escondido un sinsabor que había sido vertido intencionalmente; no por ella, sino por mí. Una parte mía, de aquel tiempo, de ese fragmento de mi vida, había tenido la osadía de presentarse a la suya en las peores condiciones. Deliberadamente, la acerqué yo mismo a tocar mis heridas; a ver dentro de lo más oscuro o menos atrayente de mí. Haríamos un gran equipo; mis deseos, con claras aspiraciones suicidas y tan conscientes de su muy probable autodestrucción, y yo, que no tenía más que ofrecer que mi verdad absoluta, con la firme convicción de presentar el terreno tal cual era y batallar en mi recorrido hacia sus ojos, para encontrar en su mirada una sensación de paz que, mientras entraba en contacto con su planeta, involuntariamente me transmitía. Y no es una exageración hablar de paz. La autenticidad, elixir vital del que hacía tanto no probaba, le regalaba un poco de paraíso a aquello que durante un buen tiempo se convirtió en "mi yo"; que de muchas formas y colores se iba desarrollando a partir de decisiones que, sin ser buenas o malas, se relacionaban entre sí, una tras otra, desde tiempos remotos, enredándose con algunas necesidades y decorándose muchas de ellas con insostenibles apariencias. Por esa razón no me era posible emprender, aún, ese nuevo viaje en el tiempo, o mi retorno al menos.   

Preparé entonces algo para la ocasión. Intangible entonces, pero de naturaleza inminente, se asomaba desde una verdadera reacción a cada palabra suya, a su voz y a todo aquello que me invitara a conocer de sí misma, lo que fuera. Imaginarla desde afuera, desde adentro, profundizando en ella y a través de todas sus dimensiones, como tocándola. La experiencia era siempre única cuando llegaba a ella a través de alguna de esas fantasías aparentemente inconsistentes en comparación con lo que se suele considerar "realidad". Pero sus mecanismos de atracción me acercaban lo suficiente como para poder ver y sentir; y ella, tan cómplice como culpable, pasaba por encima de una sutil curiosidad con el explícito calor en sus intenciones. Y yo, procurando ser todo lo contrario a un ideal y, ciertamente, aferrado a expresiones que fueran lo suficientemente crudas, básicas y elementales como para quebrantar cualquier expectativa. 

La aridez de aquel lugar sin descripción contrastaba con un brote de vida en el horizonte, un equilibrio entre la naturaleza y la libertad, una rebeldía de la existencia y una invitación a la eternidad inmediata. Pero como sucede con los frutos más deliciosos, prefiero aguardar por aquella estación correcta, el estímulo adecuado y la atmósfera perfecta. Mientras tanto, la inspiración que se va asomando con el viento recala en rítmicas y sonidos ondulantes, respira desde lo más honesto y se alimenta de esos mismos sucesos que no siempre se ven, pero que siempre existen. 

Los acontecimientos jamás te negaron, las distancias nunca fueron distancias. Escondido en el disfraz de lo cotidiano, te admiro, sueño.

 

© Daniel Reynoso. Todos los derechos reservados.
Imagen de StockSnap en Pixabay

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