
Son tiempos de observación constante y de sensaciones inexplicables, no lo sé, quizás solo para algunos. Explicarse, por ejemplo, sobre aquello que hoy sientes ausente. ¿Qué tan ausente puede estar aquello que solía serte indiferente?
La mayor parte del tiempo, pienso, no atendemos plenamente a la delicia dentro de lo efímero, a la belleza de lo diario o a la simpleza de lo frecuente. Dar por sentado que aquel escenario en el que creemos desarrollarnos nos pertenece y existirá por siempre, asumir que aquellas personas que tienen ese "algo más" para nosotros estarán presentes eternamente o que nos conectará con ellas un conveniente mensaje de dos o tres palabras (favor de por medio a veces), creer que la vida existe a través de una pantalla, asumir que de nosotros no depende existir o hacer que las cosas sucedan o existan.
Hay ausencias imposibles que nos recuerdan que ayer sí fue un día maravilloso, que tuvimos la única oportunidad de nuestras vidas de experimentar ese día, que hay sonrisas que hacen falta, que hay aromas y sabores indispensables, que en el fondo la forma es un reflejo, que no siempre es para siempre, que nos hizo falta decirlo, que nos hizo falta vivirlo, que nos hizo falta conocerlo. Que nos hizo falta que nos falte.
Hoy me pierdo en ese derecho que me suelo dar con una acostumbrada libertad para experimentar intensamente aquello que me permito vivir. Es un buen día para respirar y disfrutar sucesos que podrían ser entrañables a pesar de su simpleza, a pesar de ser tan cotidianos. Que no es imposible vivir y desmaterializar cada instante con los sentidos, capturar la esencia al punto de poder cultivarla y cosecharla, poder transformarla en una emoción, una sensación. Cuando se puede sentir no es posible la ausencia.
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